La profusión de ornamentos característica del barroco fue la responsable de que entre la alta aristocracia se difundiera durante los siglos XVII y XVIII el gusto por las joyas con formas vegetales y florales.
Un gusto que se recuperó a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando el naturalismo volvió a triunfar en joyería.
Y es que los aires románticos y evocadores de los colgantes, broches o anillos con forma de flores, tallos y hojas han sido una constante a lo largo de la historia y en los últimos tiempos parecen haber recobrado todo su esplendor.
La mirada atrás hacia los años setenta y la cultura del ‘flower power’ han sido los responsables de que muchas firmas joyeras hayan apostado por los motivos florales en sus últimas colecciones. Dior con sus seductoras flores venenosas y plantas carnívoras diseñadas por Victoire de Castellane son el mejor ejemplo de esta tendencia, al igual que Chanel con su exaltación de las camelias.
Las ‘Fleurs Fatales’ de Boucheron o la colección de Cartier dedicada a la primavera europea son otras muestras de esta moda que nunca pasa de moda.